1 ene. 2017

Instructivo para atravesar un muro

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Si estás leyendo esto, es porque tu intención es atravesar un muro y no sabés cómo. Apuesto a que lo observaste en vez de enfrentarlo e imaginaste el cómo sería estar del otro lado que el cómo podrías cruzarlo.

Para lograrlo, antes se debe conocerlo. ¿Vos sabés qué es un muro? Un muro es algo que se construyó para impedir ver o estar del otro lado, ¿quién lo construyó? ¿Con qué fin? No olvidemos que además es una limitación. ¿De quién o de qué te quieren separar? También puede ser utilizado como defensa o protección. ¿Estás seguro de que querés pasarlo? ¿En serio no te querés quedar ahí?

Ahora que sabemos lo que es, necesitamos conocerlo de lo que está hecho. Ponete de pie frente a él e inspeccionalo. ¿Está formado de recuerdos, palabras, miedos, inseguridades, ideologías o de historias? ¿Cuál es su materia?

A continuación, vas a necesitar medirlo... aproximadamente, no se requiere nada exacto, es solo un obstáculo. Y no es que quiera retrasarte, pero aún tengo más preguntas; ¿tenés idea de lo que hay del lado opuesto? ¿Te dijeron que allá es seguro? ¿Qué pasa si no hay nada y te arrepentís? No existen instrucciones para volver atrás, ¿lo sabías?

Un muro existe por algo y fue construido con un propósito. Para atravesarlo, hay que dejar de pensar en divisiones, en limitaciones, impedimentos, miedos y en imposibles... como si nada de eso existiera. Imaginá un espacio sin interior ni exterior, sin lo público y sin lo privado. Acto seguido, tocalo. No tengas miedo, es solo un muro.

Ya está, ahora podés pasar caminando, corriendo o gateando... respirá bien y no mires hacia atrás, por más cliché que suene.

¿Qué pensaste, que te iba a decir que lo rompas, que lo saltes o que te estrelles contra él? ¿Para qué? Si después, cuando lo cruces, te vas a dar cuenta de que jamás existió un muro para atravesar.
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14 ago. 2016

Fotografía social

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Cuando empecé a sacar fotos por hobbie, tenía diecisiete años y una cámara semipro abandonada por su propia dueña. Ese día mi manía por darle utilidad a las cosas inútiles y olvidadas que hay en mi casa, me hizo salir a pasear por la ciudad con mis amigas con la cámara colgada en el cuello.

Fue así como descubrí que además de fotografiar la ciudad y los paisajes, me gustaba retratar a las personas. De tanto observar, empecé a notar un valor artístico en la espontaneidad de la gente en el espacio público y me convertí en una cazadora de poses que no son poses y momentos casuales que transformé en únicos.

Más tarde me pregunté si podía convertir a la fotografía en algo social. Porque así como le busco la utilidad a las cosas inútiles de mi casa, examino e intento registrar lo positivo y constructivo a los instrumentos que creamos para crear: en este caso, la cámara.


Sentí que la fotografía podía ser algo más que un arte y una pasión: ¿Y qué tal sería que esta fuera un portal hacia la realidad y la toma de conciencia social?
Investigué sobre lo que comenzaba a hacerme ruido y me encontré con el fotoperiodismo y luego con la fotografía humanista, dos prácticas que retratan la realidad.
"Aylén, vos siempre caés en el mismo círculo: hobbie -> pasión -> pregunta filosófica -> investigación -> reflexión -> descubrimiento -> cambio de paradigma -> nueva utilidad a una cosa". No hay caso, la fórmula siempre es la misma.


Cuando empecé a ir todos los sábados a Villa Inflamable, mi visión de la fotografía, tanto como del mundo, se modificaron por completo. Fue un cambio de paradigma que despertó algo nuevo en mí y qué lástima que estuvo dormido tanto tiempo.

¿Qué pasaría si les saco una foto? ¿se molestarían?
¿Y qué ocurriría si la subo a alguna red social? ¿Qué pensaría la gente de instagram, acostumbrada a corazonear paisajes majestuosos, selfies vacías y fotos de comida, al ver una imagen de un par de nenxs en la villa?


Le encontré la vuelta social a la fotografía: retratar la realidad no con un fin artístico, sino con la intención de concientizar, hacer ver y generarle algo al espectador. Que la foto sea fuerte, que choque, que provoque algo: no placer estético, no alegría o admiración; sino todo lo contrario. Que genere indignación, pensamiento y reflexión.


Una persona utilizando una herramienta sobrevalorada que levanta egos, para fotografiar a otras personas en los lugares menos fotografiados... para mostrar lo que está y siempre estuvo, lo que nos rodea y naturalizamos, lo que existe y no debería de existir. Pero está y lo muestro, porque esta también es nuestra sociedad.
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6 ago. 2016

Comunicación: Cuestión de escritura

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Escribir es para la gente que sí o sí tiene una pizca de introversión, sino no habría necesidad de comunicar palabras que solo están en la mente y se sienten desde lo más profundo. También es para quienes deben decir algo, ¿Sino por qué se escribiría?
Nadie nace sabiendo que quiere hacerlo durante toda su vida, más bien es una habilidad que se va formando con el tiempo y las experiencias, que va tomando constancia y naturalidad en pos de disfrutar de esta.

Las personas que escriben no se dan cuenta de que lo hacen hasta que sienten placer al sentarse para agarrar el lápiz y plasmar palabras. Quien escribe sabe que es una necesidad o, simplemente algo que no se puede explicar muy bien y que surge desde adentro; por lo tanto, también es un impulso.

La escritura es otra de las tantas herramientas que creó la humanidad. En un principio nació para no olvidar, luego para informar y casi siempre para jugar con ella y darle un sentido estético.
A veces me pregunto qué otro tipo de uso puedo darle.


Una idea no siempre sale sobre el papel tal cual se construyó en la mente —y a menudo ocurre que cuando se lee lo que se escribió libremente, el texto no quedó del todo correcto—. Enfrentarse a las reglas de escritura no es de lo más apasionante para quien escribe solo por el amor al arte y no por amor a la perfección. Duele cuando los párrafos cambian y pierden cierto sentido retórico y personal cuando son corregidos. Los ves y... ya no son los mismos. Sonaban lindos así, tal cual fueron producidos por primera vez con sus propios defectos. Las reglas los transformaron en algo serio; lo que antes era una idea y estuvo intacta en la mente, fue vestida de elegante.

Se escribe cuando el pensamiento se vuelve palabra, la mano no deja de moverse y el mundo desaparece. No hay nada alrededor, es pura soledad y voz interna. "Es el acto más solitario que existe", dijo una vez mi profesora de Derecho a la Información, "... y requiere de mucho esfuerzo, no es fácil escribir, genera cansancio y desgaste mental porque es un descargue, es algo que sale y hay que saber sacarlo".

A veces, solo a veces me pongo a pensar en la suerte que tuve de enamorarme de la escritura.

"Aylén, quiero mostrarte lo que escribí: Hoy estoy sola y está oscuro y me siento triste porque hoy mi papá se acostó conmigo y después se fue o sea se volvió a su pieza...". Me leyó. "Siempre escribo lo triste", me dijo.
Mi sobrina tiene siete años.
"¿Y por qué escribís lo triste?" Le pregunté.
"Para no olvidarme, porque lo feliz siempre me acuerdo".
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24 jul. 2016

Crónicas Universitarias: Secuelas Universitarias

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 Secuelas universitarias según wikipedia*:
Secuela (del latín sequēla "lo que sigue", "consecuencia"), en la universidad, es el cambio y/o transformación psíquica tras una excesiva acumulación de conocimientos.
Una secuela es la alteración de la mente y la forma de ver las cosas en el mundo, consecuencia del estudio, de rendir varios parciales en una semana o de dedicarte por completo a la universidad (tras tomarse en serio la carrera).1 Se considera secuela a partir del momento en que no se pueden resolver las consecuencias o la vuelta atrás hacia la ignorancia plena. Generalmente el/la estudiante suele precisar una adaptación física y/o psíquica a su nueva situación vital.2 Aparece después del primer o segundo cuatrimestre de la carrera.
Secuelas del 17/04/16

Creo que debería dejar de escribir sobre la universidad, ¿Pero cómo hacerlo si desde el año pasado se convirtió en una prioridad de mi vida?
Desde que empecé a estudiar no volví a ser la de antes y comencé a sentir la "sed de conocimientos" de querer saber más de lo que me decían los apuntes y, a partir del año pasado, las charlas que más disfruto son sobre lo aprendido académicamente: los debates con mis compañerxs sobre los temas estudiados es lo más genial que hay. En consecuencia, cuando voy a comprar al supermercado, camino por la calle, viajo en el transporte público o visito un shopping, comienzo a analizar la realidad con otros ojos.

Lo único feo de aprender todos los días algo nuevo es, como diría Sócrates, que sabés que nunca vas a saber nada, o por lo menos, nunca vas a saber lo suficiente.
Los meses pasan y las ojeras ya se te tatúan automáticamente. Pero no te preocupes, la gente que te rodea va a naturalizar tu cara masacrada y al corto plazo ya nadie se va a asustar. Tampoco van a tener problemas con verte despeinada o con la remera al revés, al poco tiempo entienden que ese es el precio de querer ser una futura profesional. Después de todo no fue casualidad cruzarme por los pasillos con gente en pantuflas en invierno y personas descalzas en verano.

Poco a poco, vas incorporando la costumbre de sentirte cómoda en tu segunda casa y a dedicar tus ingresos económicos solo para apuntes-libros-sube-comida-y-café. En tus cuadernos tu letra ya no es como en la secundaria. Si antes era prolija y bonita, ahora no te entendés ni vos. Después de todo terminás convirtiéndote en una anotadora de apuntes experta y aunque nadie te entienda la letra, te piden que se los pases.
Con el tiempo comienzan a importarte otras cosas y comenzás a desinteresarte por otras. Sociabilizás hasta en el baño de la facultad y todos los días conocés a alguien nuevx que tal vez no lx vuelvas a ver nunca más.


Secuelas del 25/06/16

Cuando empezás la carrera renegás más que en el CBC (o que el curso de ingreso). De repente caés en la realidad de aquel dicho "durante la carrera te vas a encontrar con materias que no te van a gustar" y te querés matar porque no te queda otra que fumártelas.

Comenzás a estudiar y a descubrir cosas nuevas: en mi caso este cuatrimestre fue sobre medios, derecho, radio, escritura y antropología. Desde entonces ya no me pude sentar a ver la televisión como antes, ya nada es igual. La universidad me convirtió en un monstruo que analiza programas de tv, publicidades, películas, series y noticieros. Ya no puedo consumir lo audiovisual como hace un par de semanas atrás, ¿En qué me han convertido? ¿Alguien puede devolverme mi hermosa y dulce ignorancia, por favor? Mi abuela diría que me lavaron la cabeza y un evolucionista diría que mientras toda esta acumulación de conocimientos sea ascendente, estaré más cerca del progreso intelectual.

Tuve un cuatrimestre de locos: horarios horribles, clases públicas en la calle con menos de diez grados centígrados, trabajos prácticos semanales, días completos dentro de la facultad, decepciones, días muy martes trece y una relación amor-odio con la comunicación. En este tiempo no solo escribí muchos textos académicos que me mandaron para taller de expresión, sino que también hice mi primer programa de radio y mi primera entrevista —en grupo, claro— a alguien dentro de los medios. 
¿Pueden creer que ese día estaba enferma y me quedé sin voz? Sí, hice la entrevista y el programa de radio SIN VOZ. Levante la mano quién tiene menos suerte que yo.

Podría continuar con el registro de secuelas negativas, pero es inevitable agregar también, que durante este período se abrieron puertas hacia caminos que actualmente estoy transitando y todo gracias a la universidad: conocí personas geniales, descubrí un poco más a qué me quiero dedicar y empecé a hacer lo que me gusta.

Cuando les escribo que ahora no soy alguien que sueña con hacer cosas sino que en cambio las hace, lo hago en serio. Si no estuve presente en el blog fue porque además de dedicarme a la facultad, estuve haciendo cosas por la sociedad. Porque cuando les digo que ya nada es como ayer y que no miro la televisión como hace algunos meses atrás es en serio. La universidad te saca de un lugar para llevarte a otro y no lo entendés hasta que te pasa. Te cambia la vida... te cambia todo. A veces creo reconocerme poco, pero la Aylén profesional que está surgiendo me gusta y bastante.

Estoy atravesando un gran cambio de paradigma en cuanto a mis objetivos de vida y aún no logro superar la crisis universitaria de la que les hablé una vez. Pensé en cambiarme de carrera pero todavía sigo acá, creyendo que no es mala idea ser comunicadora. También por un momento escuché a mi Aylén antropóloga interior, que está ahí desde que soy chiquita y que me susurra que deje todo y sea investigadora, que eso va mejor conmigo. Pero... no sé, no puedo. Estoy acá atrapada en otra parte que me gusta pero me tortura. Sí, hoy quiero declarar que Comunicación y yo tenemos una relación amor-odio, pero la estamos remando.
 "No eres tú, soy yo", le dije el otro día.


Secuelas del 14/07/16

¿Será que la crisis universitaria sigue en pie y nunca se fue? ¿Será que tanto estudio, lecturas nuevas y cursadas intensas te lavó el cerebro? ¿Será que llegar a dormirte en el teórico de Taller de expresión I te superó, cuando creíste que iba a ser tu materia favorita?
Suspirás, entrás a tu blog, intentás escribir algo pero no te sale nada. Releés tus entradas anteriores para buscar motivación y, en su lugar, tenés ganas de arrancarte los ojos al ver lo mal que escribías.
Entendiste que llegó la hora de aceptar que tu escritura no es tan buena como parece, que tenés errores de puntuación porque ponés las comas, donde no van y sufrís exceso de repeticiones de palabras palabras. Pero le ves el lado positivo: haber cursado taller te ayudó a mejorar, a detectar tus errores de redacción y a querer ser mejor en tu forma de expresión.

Y de repente te encontrás sola tomando mate amargo como lo hacés en la facultad con tus compañerxs y pensás en el CBC, en lo  lindo que sería volver a vivirlo solamente para sentir la ingenua ilusión de empezar Comunicación, sin saber realmente qué era lo que te estaba esperando o, para volver a ser esa Aylu del pasado, un poco más inmadura y soñadora. Al fin y al cabo, las secuelas universitarias te dejaron mucho más que ojeras y aprendizajes nuevos.

Nuevamente suspirás y te acordás cuando la semana pasada te quedaste dormida en la entrega de carpeta y tuviste que atravesar una odisea con el transporte público para poder llegar a la clase cuanto antes. Intentás reírte de vos misma pero solo te dan ganas de autopalmearte el hombro para decirte: Aylu, ni vos te entendés. Tu cabeza nunca antes había sido el quilombo que es hoy. Ya no tenés remedio, ya está, todo fue hecho.

Que los prácticos a la mañana, que los teóricos a la noche, que los parciales todos juntos, que las clases infumables, que lxs profesorxs copadxs y lxs forrxs, que tu falta de ganas y motivación para leer los textos, que los viajes horribles en el tren para llegar a cursar, que aquella vez que te quedaste sin voz el día que tenías que hacer una entrevista y un programa de radio, que un pibe que salió en las noticias por haberse recibido de abogado en dos años y medio y que tu familia te pregunte: ¿Tu carrera también se puede rendir libre?

¿Tanta suerte ibas a tener, Aylén?


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14 jul. 2016

Crónicas universitarias: Entrevista a otros estudiantes universitarios (I)

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Los siglos pasaron y acá estoy nuevamente para traerles algo diferente. Hace un tiempo creí necesario cambiarlos de lugar a ustedes, que siempre comentan las crónicas universitarias, para convertirlos en nuevos protagonistas. Porque no soy la única estudiante que tiene algo para contar y porque está bueno cuando hay pluralidad de voces. "Un solo mundo, voces múltiples", así tal cual lo quería McBride.

Como me cansé de escribir solo sobre mí y sentí la necesidad de saber sobre sus experiencias, activé mi rol de comunicadora y entrevisté a algunos de los que usualmente comentan la sección. Dejé mis pies sobre la tierra y que mi cabeza volara hacia el pasado, para recordar qué me hubiera gustado leer sobre un estudiante universitario antes de comenzar mi propio camino por ahí; porque todos en algún momento tuvimos esa curiosidad e incertidumbre que nos carcome de nervios al momento de largarnos hacia algo nuevo.

En esta primer entrega les traigo a Julián de "Opiniones Marginales" y a Emi de "Random Vosa", compañeros blogueros con quienes comparto de vez en cuando algunas charlas por chat. Sin dudas creí que eran los indicados para que dejaran su voz en Crónicas Universitarias.

Julián estudia Letras en la Universidad de Buenos Aires (Facultad de Filosofía y Letras), su amor por las palabras y la literatura lo llevaron a elegir lo que actualmente le apasiona. Acá nos comparte una foto de su facultad, ¡Aguante Puan!

¿Qué es ser estudiante universitario?

-Ser estudiante universitario es un compromiso con nuestro propio destino. Es una decisión que transforma nuestra manera de ver el mundo y nos abre las puertas hacia nuevos horizontes en diferentes aspectos, tanto a nivel profesional como personal, tanto en el ámbito del conocimiento como en nuestra postura ante la vida, la sociedad y el mundo. Ser universitario es la realización de una experiencia que no se agota en la universidad. 

Según tu experiencia, ¿Cuál sería la clave del éxito de todo estudiante universitario?

-Si la carrera que estás estudiando se corresponde verdaderamente con tu vocación, estás en el camino correcto. He conocido muchas personas muy disciplinadas y brillantes que a mitad del CBC o del primer año de carrera desaparecían del aula. Lo que no está mal porque descubrieron que ese no era su lugar. Estudiantes que aspiraban a ser especialistas en Letras, Artes o Filosofía se confrontan con una realidad muy distinta a la que ellos pensaban y terminan dedicándose a otras carreras que sí encajan con lo que realmente buscan. El éxito de cualquier estudiante no radica sólo en la cantidad de materias que pueda meter en un año, sino en comprender cuál es su posición como profesional dentro de nuestra sociedad y cómo a partir de los conocimientos del área en la que está trabajando puede contribuir a la comunidad. 

Emi estudia Ciencias de la Comunicación en la Universidad Nacional de Tucumán (Facultad de Filosofía y Letras) y le queda poquito para terminar la carrera. No podía perder la oportunidad de interrogar a una estudiante casi profesional, ¿no? 
Esta es Hocico, su gata siamés. Levante la mano quién no tiene un gato que se acuesta sobre los apuntes.

¿Cuál es tu mejor recuerdo de la universidad y cuál es el peor?

-Debo haber tenido varios, jaja, pero de los peores el que más me suena ahora (porque es el más reciente) es el de un final de Producción Periodística, en el que te dan tres temas de actualidad con los cuales producir una crónica, una columna de opinión, una noticia, etc; depende de lo que el profesor te asigne. Me pasó que llegue y no sabía nada sobre esos temas, no los había considerado TAN relevantes en la agenda temática, (mi) error, supongo. Me sentí horrible. (La anécdota termina con que pude salir de la situación sin un 1 apareciendo en el siu guaraní, pero de todas formas en la siguiente mesa me saqué un 3 y me había ido mejor, en teoría, no sé, el KARMA or something).
Otra fue cuando me pidieron leer algo en voz alta y me puse rojísima, es sumamente incómodo para el que lo está viviendo y a mí me frustra demasiado. Estoy tratando de manejarlo, no porque el rubor vaya a parar, sino para no sentirlo tan caótica y dramáticamente. 
En cuanto a una buena, no sé me ocurre ahora una en especial. 
Algunos lo odian, a mí me gusta mucho estar tirada en el suelo (porque la clase está llenísima y no quedan bancos) alrededor de tantos alumnos, viendo grupos pasarse un mate mientras escuchan la clase. No sé, ese interés por la carrera al punto de aguantar esas situaciones me parece muy lindo en cierta manera. 

De por si me gusta estar sentada en la Facultad, tirada en el suelo del aula, en el pasillo u otra parte. Hay un ambiente y un clima que se comparte entre alumno y alumno. Hay algo ahí flotando. No sé qué es, pero me agrada sentirlo. Es la experiencia de reconocerte como estudiante universitario compartida por todos.

 ¿Qué consejo le darías a quienes están por comenzar su camino universitario?

-Es difícil... Y supongo que depende de cada uno. De acuerdo a mi caso y experiencia, diré: estudia aquello que te gusta, que te llama la atención, a pesar que te dé miedo, que sea un desafío para vos por x razón, ya sea que no hagas una de matemáticas (como las divisiones, The horror) o que te cueste relacionarte con la gente y seas muy ansiosa y te interesa una carrera como comunicación, ETC, (hay tantas posibilidades), pero enfrenta la situación, esforzate y de alguna manera vas a adaptar lo que elegiste a vos, así como vos te adaptaras a tu elección. 
También, aprovecha y estudia ahora que podés, no porque cuando tengas 30 no puedas, pero sí es diferente y no siempre lo afrontas ni sentís de la misma manera. No es lo mismo empezar una carrera a  los 18 y otra a los 22, aunque parezca minúsculo el intervalo de tiempo; existe. No digo que te resultará imposible pero si lo enfrentarás y vivirás de otra forma, quizás no con las mismas ganas y tiempo. O quizás sí. Tal vez descubras que la Universidad no es lo tuyo, puede ser y no pienso que alguien debería sentirse presionado a acabar la carrera u horrible por querer dejar una y dedicarte a otra cosa, pero vale la pena hacer el intento y probar, quitando todos los esfuerzos, líos, paros, quejas, falta de bancos o de herramientas y un largo etc, la experiencia es muy bonita, solo si te permitís y detenes a verla.
Ser estudiante universitario es bello y estresante, satisfactorio y aterrador, emocionante e incierto.



Ahora toca la parte de entreponer respuestas distintas de una misma pregunta. 
Está comprobado que todos los estudiantes tenemos un método de estudio diferente y que no a todos nos funciona estudiar de la misma forma. Algunos utilizan el resumir-resumir-y-resumir, otros solo estudian de apuntes; la mayoría hace cuadros/redes conceptuales y unos pocos leen y releen sin descanso lo resaltado de los textos. Una de las preguntas que les hago continuamente a mis compañeros de la facultad es, "¿Cómo hacés para estudiar?" Porque me encanta descubrir nuevos métodos y maneras de hacerlo. Desde el año pasado hasta ahora, tuve la oportunidad de probar varias formas y de encontrar con cuáles me siento más cómoda y de qué modo se me hace más fácil aprenderme los textos. Veamos qué dicen Julián y Emi al respecto:


¿Cuál es tu método de estudio más efectivo?

-Julián: Uno de los métodos de estudio que he implementado es reescribir o pasar en limpio mis apuntes. En realidad, este es un hábito que creo que todo estudiante universitario incorpora. Lamentablemente, yo lo he incorporado a las patadas; en mi primer año de carrera, todo lo que había en mi cuaderno eran garabatos mezclados con palabras de profesores. De modo que ahora llego a casa, arranco las páginas que escribí en el día y las transcribo. Reescribir es una forma de organizar la información para aprehenderla con mayor facilidad, retener y "refrescar" todo lo visto en clase, en especial si se trata de materias prácticas como Gramática o Latín, que en el caso de mi carrera requieren mucha ejercitación. Organizar, redactar e interpretar correctamente los conceptos que la carrera nos exige que manejemos a lo largo de nuestra trayectoria académica es de vitalísima importancia, y por esta razón es importante leer, escribir y resumir.

-Emi: Soy bastante desorganizada, más ahora que  pasé/paso por unos momentos difíciles que menos ganas de estudiar me dieron. Pero sé de gente que se pone una cierta cantidad de tiempo cada día para estudiar, como metas a cumplir y en ese tiempo se dedica sólo a eso, casi religiosamente (aunque a veces se falte a la misa estudiantil) 
Yo trato, por lo menos, de ponerme cierta cantidad de páginas, jaja, un texto por ejemplo y me propongo leer al menos ese. Cuasi me torturo (?), leo eso y puedo dormir. Sigo hasta que ya no entiendo nada y se me cruzan las palabras. Sí, no soy el mejor ejemplo. (Si me dedico a ser una persona normal, consigo levantarme a la mañana y dedicarle al estudio luego de un rico desayuno y de sacar a Ramona, mi perra).
O si tengo que hacer un trabajo, como una monografía, me viene bien tener algo de música (quizás te distrae menos si es solo instrumental), que me mantiene despierta y me hace mover ligeramente el cuerpo mientras las ideas se arman en mi cabeza.
Escuché también que está bueno tomar mate mientras se estudia, porque esos pequeños movimientos te mantienen despierto y/o atento al trabajo. 


¡Muchísimas gracias a Julián y a Emi por compartir sus experiencias para Crónicas Universitarias! Fue un gusto chusmear con ustedes. ¡Toda la suerte del mundo para sus vidas estudiantiles!

Sé y soy consciente que no aparezco por acá desde hace rato. No significa que no estuve escribiendo, de hecho, es lo que más hice durante este tiempo; solo ocurre que me encuentro planificando nuevos proyectos que pronto se los voy a presentar. Ténganle paciencia a Aylu.
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1 may. 2016

Barrio Adentro

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El colectivo 373 nos dejó en las vías justo en la entrada de Villa Inflamable, un barrio que se encuentra en el partido de Avellaneda en la provincia de Buenos Aires.  En una esquina estaban escuchando cumbia santafecina y justo en frente pasaba un camión de Shell que se dirigía a la petroquímica, no muy lejos de donde estábamos. Eran las tres y media de la tarde, había sol pero hacía frío; metí las manos en los bolsillos y observé a nuestro alrededor: basura en la calle de tierra, un patrullero estacionado a pocos metros y un pequeño parque que contrastaba con las casas de chapa, los perros vagabundos y una señora arrastrando un carrito repleto de cartones y botellas de plástico.

Llegaron a buscarnos y entramos al barrio, en donde un grupo de chicos que asisten a un comedor comunitario llamado "Los amiguitos", nos estaban esperando. Caminamos por caminos que no eran calles y esquivamos charcos de agua estancada de lluvias otoñales de hace quince días atrás. Sentí mi garganta arder por aquel olor ácido que había en el ambiente; estábamos en una zona en emergencia ambiental, no teníamos la menor duda. Los desechos químicos e industriales están matando todo.


Yo iba hablando con Hebe, una compañera que conocí el año pasado cuando hice el CBC, a quien mencioné en una de las primeras entradas de Crónicas Universitarias. Ella me preguntó si alguna vez había entrado a una villa y yo asentí, no era la primera vez. Durante mi infancia me tocó vivir en varias ciudades del conurbano del Gran Buenos Aires y a las villas las conocía, pero nunca me adentré tanto en una como aquel último día de abril del año 2016.

Llegamos al comedor y nos hicieron pasar. Sentados todos en su lugar, nos recibieron con un tímido "hola". Yo sonreí, eran un montón. Saludamos a las mujeres encargadas del comedor, trabajadoras de una textil y fundadoras de una cooperativa, que nos dieron la más cálida bienvenida.
Allí dentro de aquel sector de cuatro paredes hechas de chapas, había una pequeña cocina, una televisión, un sillón, dos mesas y muy poca luz. A penas cabíamos todos.

Cuando salimos afuera para presentarnos, los chicos salieron corriendo y se dispersaron. Unos se pusieron a jugar a las cartas, algunas nenas se nos acercaron curiosas, y otros exclamaron, mientras corrían a esconderse: ¡Esas chicas nos van a hacer estudiar!

Como lectores se preguntarán por qué les estoy contando esto; como seguidores del blog dirán: "Aylén otra vez escribiendo un post más distinto que el otro"; y como persona perteneciente a una sociedad, se preguntarán: ¿Qué hace ahí? ¿No es peligroso?


Cuando empecé la universidad, sabía realmente por qué había elegido estudiar y ser una profesional. Muchos pensarán que solo lo hago para que en el día de mañana, cuando me reciba, tenga mi trabajo, mi casa, mi familia y mi dinero —en simples palabras, para tener éxito en la vida—. En realidad ese no es mi caso. Yo elegí entrar a la universidad y estudiar comunicación social para formarme como una profesional que tenga las herramientas necesarias para, todos los días, hacer una sociedad y un mundo mejor. Creo en la comunicación como una de las tantas herramientas que existen para cambiar el mundo: para contarle a la gente las cosas que pasan y cómo somos realmente; para hacer ver lo que los otros no quieren ver y darle voz a los que no la tienen. Y así, como yo, mis compañeras iban con otras visiones y objetivos: una estudia periodismo, otra psicología, otra enfermería, otra abogacía, otra medicina, y Hebe, comunicación como yo.
¿Qué sentido tiene estudiar tantos años, cursar tantas horas y tener un título, si no conocemos la realidad que nos rodea... si no intervenimos con las injusticias de nuestra sociedad? ¿Salís de la universidad solo para trabajar? Te estás olvidando de que un profesional existe y está para contribuir con la comunidad, sino, ¿para qué existen los médicos, los abogados, los ingenieros, etc.? Todos, absolutamente todos, desde distintos ámbitos y vocaciones, hacemos algo en la sociedad, ya sea positiva o negativamente.


Nos sentamos en el piso y llamamos a todos para hacer una ronda, pero, ¿Para qué estábamos ahí? A los nenes les explicamos que vamos a ir todos los sábados para jugar con ellos, hacer talleres, actividades recreativas y para ayudarlos a hacer la tarea de la escuela. A partir de ese día nos convertimos en educadoras populares: no somos una luz que ilumina mentes oscuras sin conocimiento, sino que somos aprendices de ellos y ellos aprendices de nosotras. Algo así como una especie de retroalimentación educativa: nosotras les enseñamos a ellos y ellos nos enseñan a nosotras. Un vínculo que cruza dos lados constantemente. Un ida y vuelta.
En esa ronda cada uno se presentó y, uno de ellos —luego de presentarse como Robertito—, nos dijo que quería aprender a leer y nos pidió que le enseñáramos para "poder leer todos los libros que tiene en su casa". Una vez que nos conocimos todos, me acerqué particularmente para entrevistarlos uno por uno. 

¿Cómo te llamás? ¿Cuántos años tenés? ¿En qué grado estás? ¿Cuál es la materia que más te gusta y cuál es la que no? ¿En qué materia necesitas ayuda con la tarea? ¿Sabés leer y escribir? ¿Sabés sumar, restar, multiplicar, dividir? ¿Cuál es tu juego favorito?
Yo y Hebe entrevistamos a cada uno y no puedo explicar todo lo que sentí al comunicarme con ellos. Muchos tenían vergüenza o eran tímidos a la hora de responder las preguntas, pero la mayoría se me acercaba con entusiasmo y, entre risas, compartían conmigo un pedacito de sus vidas. Cada nene y cada nena me abrió su mundo y me contestó con sinceridad, un poquito sobre quiénes son.
Cuando llegué al último que me quedaba para entrevistar, no me imaginé lo que me iba a decir.

-Hola, ¿cómo te llamás?
-Jorge.
-¿Cuántos años tenés?
-Once.
-¿En qué grado estás?
-No voy a la escuela.

No va a la escuela.

-¿Por qué no vas?
-Y... porque tengo problemas con mi familia y nadie me lleva, pero yo quiero ir.
-¿Vos querés aprender a leer y a escribir?
-Sí.
-Bueno, nosotras te vamos a enseñar y vas a poder leer y escribir todos los libros que quieras.

Luego de conocer a Jorge ya no daba más, necesitaba llorar por un momento. Después de conocerlos y saber en qué condiciones estaban viviendo, ya no me sentí igual.
Respiré, le sonreí y le pregunté cuál era su juego favorito: "El fútbol", me contestó. "¡Qué genio!" Le dije. Y lo vi sonreír.
Hace unos segundos atrás casi nos ponemos a llorar los dos, pero en ese momento ya estábamos sonriendo. Así, con segundos de diferencia.
Miré mi cuaderno con un nudo en la garganta y me di cuenta de que habían muchos que no sabían escribir, y al igual que Jorge, algunos tampoco iban a la escuela.





Ya eran casi las cinco de la tarde y después de merendar, cada uno se preparó para volver a sus respectivas casas. Mientras se iban y dejaban la taza donde antes había arroz con leche, los vi temblar de frío. Uno de ellos tenía fiebre y estaba tirado en el sillón del comedor. Imágenes que para mí, fueron fuertes.

En ese instante ya no estaba viendo a una sociedad como masa —como cuando les escribo por acá y les digo qué es la sociedad—, tampoco estaba escuchando un teórico sobre cultura y sociedad en la Facultad de Sociales. Simplemente me encontraba en el sector más ignorado por todos nosotros. Yo estaba ahí con ellos: con los ninguneados, con los abandonados y con los peligrosos.
¿Cómo cruzarse de brazos y no hacer nada, después de saber que a esos nenes se les priva de sus derechos como el comer, ir a la escuela y saber leer y escribir? ¿Puedo culpar a la política, al Estado, a Dios? ¿A quién puedo culpar mientras me siento a ver la televisión y espero que se solucionen las cosas? Podría elegir la ignorancia y ser feliz, tapándome los ojos cada vez que se me presenta algo como esto, total estas cosas siempre ocurrieron y van a ocurrir, ¡Tantos niños en todo el mundo que viven en estas condiciones!

La gente que me conoce, incluso mi familia, me dijeron que estoy loca, que estoy al pedo y que eso es muy peligroso... que algo me va a pasar.
Si estoy loca por querer mejorar la realidad, puede ser; si estoy al pedo es algo discutible; si es peligroso... bueno, podría ser, pero lo único que me va a pasar al ir todos los sábados para estar con esos chicos, es sentir que al fin estoy haciendo lo que siempre quise: no conformarme frente a las injusticias de nuestra sociedad y hacer algo para cambiarlas.

El día de ayer, para mí, fue un día triste e indignante... pero esperanzador. Espero que este post les haya llegado a ustedes tanto como a mí aquella experiencia, porque ya no sé de qué otra manera explicar lo que viví al conocer a esos nenes.

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23 abr. 2016

Comunicación: El silencio que nos invade

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Sentados en el sillón, observando la pantalla que refleja el nuevo programa de chimentos o el canal de noticias que relata brevemente lo que ocurrió durante el día para que estemos informados; todo eso sin mover los labios, pero asintiendo con la cabeza, comportándonos así en receptores pasivos de los que tantos especialistas se preocuparon en refutar dentro del ámbito de la comunicación.

No movemos los labios, no articulamos con la boca, no pronunciamos palabras. Nos gusta ver y escuchar cómo hablan por nosotros y cómo se dedican a pensar en nuestro lugar. Queremos vernos representados ahí o, por lo menos, ellos intentan que dejemos que nos representen, que hablen por nosotros.


Estamos callados cuando nos sentamos en la computadora y cuando agarramos el celular, cuando revisamos y actualizamos nuestras redes sociales. El único sonido que se registra es el teclear del teclado de ambos aparatos, el único movimiento a simple vista es el de los dedos de la mano que escriben en el teclado y el de los ojos deslizándose para la lectura. Así mandamos mensajes y whatsapps. Así publicamos estados en facebook y así tuiteamos en twitter: en silencio.

Una comunicación silenciosa. Una situación comunicativa distinta que nos hace sentir cómodos.
Cada día estamos más lejos de la antigua retórica y de la simple comunicación escrita de décadas anteriores. No me refiero al silencio de la lectura individual, ni al silencio que realizamos al escribir una carta. Es un silencio posmoderno que ocurre solo cuando las sociedades caen en el vicio de las nuevas tecnologías.



Individuos mudos, televisiones a todo volumen, representaciones y representantes que no se callan para mantenernos callados.
A veces sucede que una pequeña masa rompe el silencio y se manifiesta en la calle. Pero nadie los escucha porque los demás eligen taparse la boca. Solo cuando una sociedad suelte el teléfono, apague la computadora y el televisor, el silencio se va a escuchar como nunca; y así, nadie ni nada va a poder silenciar a los individuos que se dieron cuenta de que podían hablar por sí solos.
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15 abr. 2016

Crónicas universitarias: ser estudiante de sociales

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La semana pasada, la profesora de Derecho a la Información, entró al aula y dijo: "saquen una hoja y escriban cómo se imaginan una sociedad sin Estado". Todos abrimos grandes los ojos e intercambiamos miradas de sorpresa. Nadie se lo esperaba, mucho menos alguno se sentó a imaginarse una sociedad sin Estado, ¿acaso alguien se pone a pensar sobre lo que no existe?

Al principio me quedé en blanco. Después pensé y se me ocurrieron dos tipos de sociedades: una con Estado, y la otra sin Estado. Me sentí insatisfecha cuando plasmé mis pensamientos sobre el papel, pensé que me iba a salir algo más que cuatro simples líneas. Lo entregué, si estaba mal no me iba a importar, total la consigna era "imaginar".
El martes, cuando ella volvió para darnos clase, dijo que había leído todas las respuestas y que quería hacer una devolución. "Quiero empezar con una persona... ¿quién es Aylén Fuente?" Dijo y miró al vacío, esperando una señal. En ese momento, insegura de mí misma, insegura de lo que me iba a decir y de lo que yo misma había escrito, levanto la mano y digo, aceptando el peor de mis pensamientos: "yo..."
La profesora me miró y sonrió, a mí me temblaban las manos como tonta. "Aylén, qué bien que escribís. Se sintió que lo hiciste sin miedo, de una manera directa y sin importar cuál es mi ideología" —ponele que me dijo algo parecido, porque estaba tan bloqueada que a penas recuerdo sus palabras—. Desde ese momento, me sentí menos tonta al escribir sobre nosotros... sobre la sociedad.

Y sí, a veces me siento de esa forma haciéndolo, a excepción de cuando me pongo a filosofar: en la parada del bondi, mientras viajo y escucho música, mientras viajo en el tren y leo los apuntes, cuando camino por la calle, cuando estoy en la facultad... cuando nos observo como sociedad.
¿Qué somos? ¿Qué nos pasa? ¿Por qué somos así? ¿Por qué tan iguales y tan distintos?
Pensar como nosotros en conjunto, no me da tanto miedo después de todo.


Y hay días en los que la paso mal viajando en hora pico en el bondi o en el tren para ir a la facultad, toda apretada al lado de uno que se está bajando una botella de cerveza y no deja de mirarme. Y hay días en los que entablo una conversación divertida con un viejito porteño en la parada del 60 y me hace creer que hablar con extraños no es tan malo después de todo; o hay días en los que le dejo mi paquete de galletitas a un señor que duerme en la calle, o hay días en los que un nene me sonríe y se esconde en las piernas de su abuelo. Hay días en los que leyendo los apuntes de antropología, sobre las igualdades y las diferencias entre seres humanos, mientras viajo en el 100, se sube un señor con nariz de payaso, nos hace reír a todos y nos regala un chupetín a cada uno. Sí... hay días en los que la paso mal y hay días en los que disfruto comunicarme con desconocidos.

La profesora tenía razón al decir que no tuve miedo al escribir. Es verdad, no tengo miedo de escribir,  tampoco de filosofar, de preguntarme ni de responderme, de observarnos como sociedad, de tratar de entendernos y de intentar encontrar la clave para que día a día seamos un poquito mejor. Quisiera viajar al pasado y decirle a la Aylu chiquita: "estoy tan orgullosa de vos... hacé eso que querés hacer, hacelo. Escribí. Escribí todos los cuentos, todos esos pensamientos, todas esas novelas y esos relatos y no tengas miedo de leerlos en voz alta en clase. Y seguí pensando así, yo sé que la gente, la sociedad en sí, te asusta; pero es lo que vos mañana vas a elegir para mejorar. No importa si ahora tenés miedo, porque te aseguro, que mañana ya no lo vas a tener".

Por algo hoy soy estudiante de sociales, por algo escribo todo esto... no sé; ni siquiera sé por qué estoy haciéndolo, fue algo que me nació de repente.
Hoy cuando les cuento a la gente que conozco, que voy a empezar a dar clases de apoyo a unos nenes de primaria  que asisten a un comedor comunitario y viven en las villas, me preguntan: "¿Eso no es peligroso? ¿No tenés miedo?"
Miedo me da no hacer nada, miedo me da que algún día en mi vida, la sociedad me deje de importar. Que nuestro bienestar, como comunidad, me deje de interesar. Y sí, a veces me siento desprotegida en el espacio público, a veces me siento insegura viajando entre tantos desconocidos... y aún peor es acordarme de las recomendaciones de mi familia: "Aylén cuidá tu celular, llevá la mochila adelante, no vayas por tal lugar, no camines sola por Constitución..." que me hacen sentir confundida al querer cuidarme de la sociedad y a la vez querer analizarla y cambiarla. 

Me tocó ser mujer, idealista y estudiante de sociales. Me tocó tenernos miedo (ya no), me tocó admirarnos y odiarnos, también desilusionarme de nosotros mismos. Me tocó querer mejorarnos.

¿Qué sería de mí si fuera alguien a la que no le importara nada? ¿Estaría escribiendo? ¿Estaría desobedeciendo a mamá cuando me dijo que no me meta en el proyecto de Barrio Adentro y que no estudiara esta carrera? ¿Tendría un blog? ¿Me habría imaginado a una sociedad sin Estado? ¿Qué me hubiera dicho la profesora de Derecho, si yo no hubiese escrito eso? ¿Sería estudiante de sociales?

A veces me pongo a pensar y llego a la conclusión de que ser estudiante de sociales no es leer cinco kilos de textos por día, que hablan sobre la sociedad, sobre la cultura y la política. Ser estudiante de sociales es muchísimo más que eso. Es el querer ver la realidad, el querer conocernos más, el querer cambiarnos. Porque nos interesa, porque lo elegimos y porque a pesar de ser tildados como los que estudiamos "lo más fácil", estamos acá enfrentando la más triste realidad que es el estudiar a la sociedad. Porque les aseguro que no hay nada más complejo que nosotros mismos en conjunto, tan inestables y desordenados, tan iguales, tan diversos y cambiantes.

Cuéntenme, ¿qué se siente ser estudiante de artes, de medicina, de económicas, de ciencias exactas, etc? Yo ya les conté que se siente ser estudiante de sociales.


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1 abr. 2016

Reflexiones filosóficas: Una sociedad feliz

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De todas las cosas que llegué a preguntarme a lo largo de mis diecinueve años, este tema fue uno de los que más retumbó en mi mente.
Después de reflexionar un poco sobre que estamos perdidos, qué es lo que somos, por qué estamos acá y cuáles son los efectos de que vivamos en el mundo; llegué a preguntarme sobre nuestra felicidad y nuestro estado de ánimo como sociedad.

Desde hace unos cuántos meses me la paso escribiendo ensayos sobre la problemática de las sociedades actuales en la era de la comunicación y el consumismo en exceso —que actualmente estamos atravesando—. Sí ya sé, estoy media loca. Aún así creo que mis investigaciones son bastantes refutables y me va a costar publicarlas algún día, pero disfruté mucho escribiéndolas... tal vez en algún momento las comparta por acá. 
El punto es, que uno de esos ensayos me llevó a escribir esto para ustedes. La hora de ponerse filosóficos acaba de empezar.


No sé ustedes, pero yo no veo que seamos una sociedad feliz. Somos consumidos y desgastados por los mismísimos factores de los cuales dependemos. El famosísimo hecho social que se nos inserta previamente a nuestro nacimiento, como es el de nacer, crecer, ir al colegio, ir a la universidad, trabajar, tener familia y morir (o en el orden que quieran o con variantes distintas), nos demuestra que la fórmula de vida del ser humano es casi la misma. Tenemos una vida tan corta y a la vez llena de obligaciones y cosas por hacer que individualmente nos sentimos obligados en cumplir y seguir el camino de manera correcta. Puede que este hecho social no sea nuestro verdadero problema; de hecho, creo que no lo es. Hay cosas peores.




El otro día leí una nota sobre una entrevista que le hicieron a Bauman, un sociólogo que me tocó estudiar el año pasado en sociología y del cual me gustó su manera de ver a las sociedades actuales. Este pensador pesimista (aunque yo lo describiría como un pensador realmente realista), creó el concepto de "modernidad líquida" en la cual vivimos actualmente:

"Todo fluye rápido en nuestras vidas, todo es temporal y pasajero. Incluso los trabajos". Y explicó que: "si tienes más seguridad tienes que renunciar a cierta libertad, si quieres más libertad tienes que renunciar a cierta seguridad. Ese dilema va a continuar para siempre. Hace cuarenta años creímos que había triunfado la libertad y estábamos en una orgía consumista. Todo parecía posible mediante el crédito: que quieres una casa, un coche... ya lo pagarás después". A la vez, dice: "(...) mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde lo único que ven son sus reflejos de su propia cara. Las redes son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa".
Fuente de la entrevista.



Cuando leí a Bauman, entendí que lo que estaba pensando iba por el camino correcto. Somos una sociedad que cree ser feliz y cree estar bien. Vivimos girando siempre en la misma órbita y desconocemos lo que está más allá de nuestro trabajo, de nuestros estudios y de lo que está más allá de la televisión y las redes sociales. Vivimos excediendo límites y caemos en los vicios sociales como el trabajo extra, el ocio extra, el entretenimiento de más... más y más comodidades y más trabajo para vivir mejor; cuando a lo largo del tiempo, todo esto produce el efecto contrario.
Nadie está mejor trabajando mucho y he aquí uno de los factores que producen la infelicidad en las sociedades. Trabajar, pero por obligación y para abastecer nuestra economía "hay que desvincular el trabajo con la supervivencia", dijo Bauman.


¿Qué pasaría si todo ser humano en el mundo se dedicara a sus pasiones? Trabajos apasionados, les diría yo. Incluso una persona que no elige estudiar, posee algo que le gusta hacer. Eso se debe convertir en un trabajo productivo para colaborar con la comunidad. Hay demasiados puestos de trabajos inútiles y con empleados que podrían estar haciendo algo mejor para contribuir positiva y constructivamente con el mundo. Pero sí, ya sé, es un pensamiento idealista.

Otro factor causante de nuestra infelicidad, creo yo, es el dinero. Más bien podría ser el factor principal y el que más nos afecta universalmente. El mundo se mueve en pos de la economía, nosotros funcionamos y vivimos dependiendo de ella. 
Lo admito, es inevitable en nuestra naturaleza, el ser humano es ambicioso, egoísta y tiende a intercambiar... así progresó el mundo. Pero el problema es que la economía pasó a ser prioridad por sobre todas las cosas y pasamos a ser esclavos (inconscientemente) del dinero y del valor. Le damos demasiada importancia a los números y a querer tener más cosas. Tal es el exceso que nos volvimos materialistas y consumistas compulsivos, nos encariñamos y queremos más las cosas que conseguimos con el dinero incluso más que nuestras propias vidas. Queremos lo que no necesitamos y compramos de más... total somos libres.
Todo gira alrededor de la economía, es como el Sol del Sistema Solar.



Esta prioridad que le damos a la economía, nos afecta negativamente como masa. Eso provoca y manifiesta los trabajos de hoy y todo el sistema laboral existente. El círculo sigue y termina afectándonos en la vida privada: preocupaciones, estrés, cansancio, endeudamientos y más ambición: llegamos a casa y solo hay tiempo para comer y dormir... en simples palabras: descansar.

El descanso cotidiano en la era de la comunicación, es el sentarse a ver la televisión o revisar las redes sociales. Vemos a "la realidad" en el canal de noticias, cuando realmente estamos viendo solo una pequeña parte de ella. También nos informamos instantáneamente y a la vez construimos nuestra opinión desde otras opiniones. Agarramos el celular y contestamos mensajes, intentamos no "clavar el visto" o que no nos lo claven, mantenemos nuestro facebook y nuestro twitter actualizados e interactuamos virtualmente con nuestros amigos, conocidos o desconocidos. Todo esto sin movernos de donde estamos sentados y sin tener que usar mucho nuestra mente, ¿la tecnología nos controla o nosotros controlamos a la tecnología?
Estamos encerrados en una esfera en el que creemos que es nuestra protección.


La economía y en especial la tecnología de hoy nos llevan a desgastes y comodidades excesivas que nos privan de ver el mundo fuera de nuestro mundo privado. Consumimos cosas innesesarias y deseamos lo que no necesitamos. La imagen es más importante que las palabras, demandamos televisión basura y todo esto afecta negativamente a la evolución de nuestra cultura, nuestra educación y el enriquecimiento de valores. Desconocemos nuestro mundo, nuestra naturaleza y todo lo que nos rodea. Dejamos la canilla abierta de más porque nunca padecimos sed, nunca vivimos ni entendimos del todo sobre qué pasaría si algún día nos quedáramos sin ella. Actuamos con inconsciencia e irresponsabilidad porque tenemos demasiado y vivimos en nuestros cómodos y reconfortantes hogares, donde las consecuencias no se ven a simple vista. Vivimos encerrados y con miedo, lo desconocido y lo osado o aventurero no es bien visto para la opinión popular y de repente somos una sociedad que lo único que le importa es llenar el bolsillo, no importa de qué manera. Vivimos para ganar dinero y necesitamos el dinero para poder vivir. Nuestro único objetivo a lo largo de nuestra vida es ese. Muchas veces se sobrepone por lo que verdaderamente nos hace feliz. Ya no hay tiempo para leer, ya no hay tiempo para estar entre la naturaleza, para enriquecernos culturalmente, para aprender cosas nuevas y constructivas. Hay poco tiempo para dormir, ver la televisión y pasar el día en la computadora. Los días son cortos y pasan más rápido.

Nuestra mente crea una barrera. Rechazamos lo desconocido y lo que podría hacernos crecer como sociedad, aunque la mayoría de las veces ignoramos todo aquello. No nos interesa... es una pérdida de tiempo.
Seguimos viendo distinciones entre seres humanos y creamos fronteras y diferencias de todo tipo. Rechazamos lo que no parece "normal". Reprimimos nuestra propia felicidad, nos encerramos en nuestro propio círculo vicioso y eso nos gusta.
La diversidad nos da miedo, nos gusta vernos iguales... similares.
La "liquidez" (como diría Bauman), de esta sociedad no deja tiempo para criar bien a nuestros hijos y permitimos que la tecnología realice gran parte del trabajo.
Estamos encerrados en una esfera llena de vicios y excesos, nunca encontramos el punto medio. Somos autodestructivos. Pero, ¿cómo sería una sociedad feliz? ¿Es posible eso? 

A veces me pregunto esto y se me cruzan decenas de respuestas y posibles soluciones.

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27 mar. 2016

Crónicas Universitarias: Segundo primer día

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Después del gran éxito de "Mi primer día en la universidad" en la que les relaté mi experiencia en el primer día de cursada en el CBC, hoy les traigo una segundo entrega titulada: "Segundo primer día en la universidad". Y no, no es como el UPD (último primer día) que festejan los chicos de secundaria y tampoco les voy a traer un post así todos los años, solo que esta vez creí necesario hacerlo porque empecé a estudiar en la facultad de ciencias sociales y soy nuevamente "ingresante" —no me alcanzó con serlo solo el año pasado—. Además, en esta entrada, les está escribiendo una universitaria mucho más experimentada que aquel primer post que leyeron de la sección.


Déjenme decirles que ahora leo el primer post de Crónicas Universitarias y pienso: "what? ¿Esta era yo?" A penas estaba rompiendo el cascarón del huevo y era toda una novata. Una simple e inocente novata.
Cursé el CBC en Avellaneda y esta chica del conurbano que les está escribiendo, sintió que viajar al microcentro porteño para cursar el resto de la carrera, era un desafío nuevo. Vamos, todos saben y conocen del quilombo que les estoy hablando. No solo se trata del sacrificio de viajar de casa a la facultad, sino de los conflictos del tráfico que hay todos los días. Y peor aún, cuando viene Obama, el presidente de Estados Unidos, y vos sí o sí tenés que ir a cursar, y no andan los subtes y los colectivos tienen que meterse por otras calles que no conocés para avanzar.

El día que fui a inscribirme con una compañera, un chico del centro de estudiantes nos dio una mano y de paso, nos comentó cómo era ser estudiante de Ciencias de la Comunicación en la UBA, cuáles materias eran las recomendables para empezar y nos acompañó a recorrer el edificio, que por cierto, todavía me cuesta orientarme ahí dentro. La facultad es bastante amplia y repleta de aulas y pisos; que planta baja, que primer piso, que segundo, que escaleras, que ascensor que anda mal y los bomberos tienen que venir a rescatarte, que bufet, que auditorio, que departamento de alumnos, que biblioteca, que patio...


El primer día llegué una hora antes y me encontré con una facultad vacía. Era a la mañana temprano y al parecer, no todos son tan ansiosos como yo. En mi mano estaba el papel con mis horarios y las aulas asignadas; entré y de repente ya no me acordaba ni sabía para dónde tenía que ir. Me acerqué al mapa y terminé doblemente confundida... ni siquiera logré encontrar los baños. Así que volví a salir del edificio y me senté en las escaleras de la entrada.
Me sentí perdida, desorientada y algo tonta; pensé que ocurrió así porque era el primer día y estaba algo nerviosa. También pensé que esto solo me iba a pasar en el CBC pero no, me sentí ingresante otra vez. Ahora que lo pienso, creo que voy a escribir un manual de "cómo ser ingresante otra vez".

Cuando llegó mi compañera Giuliana, quien cursó conmigo el año pasado —y pensar que la conocí en Sociología, una mañana de mayo en que la profesora de prácticos nos pidió que hiciéramos grupo. Yo estaba charlando con una compañera y nos faltaba alguien más, así que no lo dudé ni un segundo y sin saber quién teníamos al lado, le pregunté: ¿querés hacer grupo con nosotras? Y así es como la vida te hace conocer a una persona y después, cuando ni te das cuenta, sigue el camino al lado tuyo—, ambas decidimos deambular por la facultad hasta lograr encontrar nuestra aula. Obviamente terminamos preguntando.

El primer día me sentí rara, perdida y nerviosa... empezar algo no es muy de mi agrado; pero veámosle el lado bueno, esta vez no me choqué con ningún cartel al bajar del bondi como el año pasado, ¿se acuerdan?

Y ahí estaba yo, sentada en un aula, con un cuaderno y una lapicera en mano, esperando por aprender... esperando por continuar mi camino como estudiante y futura profesional. En ese mismo instante estaba cumpliendo lo que siempre quise, cuando dije que "cuando sea grande voy a ir a la universidad".

Hoy voy a la facultad y descubrí que la universidad no es un mundo, sino que es un universo en el que predominan los planetas denominados "facultades". Yo, por ejemplo, vivo en el Planeta Sociales.

La vida en sociales —abreviado fsoc—, por la mañana es escasa. Yo me inscribí a los prácticos en el turno mañana, pero por problemas de escasa oferta académica, tengo los teóricos a la noche. En un principio me resultó rara y algo incómoda la idea de cursar a la noche. Y ni hablar de mis conocidos y familiares que me insistieron que era la peor idea.
Hasta que cursé el primer día a la noche, mi impresión cambió por completo. Cursar a la noche en Sociales es genial. A partir de las siete de la tarde es cuando hay más vida en este planeta y la buena onda se siente por todos lados. Incluso, en el patio, hacen festivales o se juntan a comer algo y a tomar birra. Apa, mirá vos.

Todos van caminando por los pasillos de una manera despreocupada, van por ahí como si estuviesen en casa y transmiten algo que me hizo sentir bien. Yo el primer día estaba algo asustada hasta que sentí las buenas vibras de sociales. Y ahí es cuando me di cuenta de que estaba en mi segunda casa. En un lugar maravilloso en el que no solo se estudia y se crece, sino que se construye pensamiento crítico, conocimiento y futuro. Y qué lindo fue escuchar al profesor de Comu I decirnos: "Siéntanse orgullosos, ustedes son intelectuales. Utilicen las herramientas que poseen, para hacer un bien".

Dejando de lado todo lo bonito, mi primer día no fue todo color de rosas, también fue algo bajón.
Según algunos profesores, estudiar esta carrera es tener que enfrentarse a la peor era de la comunicación de la historia en la que estamos viviendo: periodistas berretas, programas basuras de televisión y medios masivos manipuladores. Después, el profesor de teórico de Derecho nos dio con un caño y el de Comu I nos avisó de ante mano que nuestra realidad es bastante triste. Lo único que rescato, es que nos pidió ser optimistas y ayudar a que esta era de la comunicación en la que estamos atravesando, cambie para bien. Aunque parece algo imposible, claro.
De igual forma, la vida de un estudiante de sociales no es muy colorida ni muy feliz. Después de todo, estudiamos a la sociedad, ¿qué más se puede esperar?

Me pregunto qué diría de mí, la pequeña Aylu de 10 años... o la Aylén de 16 años, que fue la que decidió qué era lo que quería para mi vida. También me pregunto qué diría mi futura yo, cuando vuelva a leer este post, en un par de años.

No sé qué es lo que va a pasar de acá a fin del cuatrimestre o de acá a fin de año, solo sé que es el principio de muchas cosas grandiosas.

Cualquiera que esté por comenzar a vivir esta hermosa etapa de la universidad, haya comenzado o todavía le quede tiempo, puede charlar por privado conmigo si es que lo desea. Si tenés dudas, algunos miedos o querés saber más sobre el mundo universitario, estoy en twitter y en facebook, ¡no dudes en mandarme un mensaje!

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