11 oct. 2015

Crónicas universitarias: Cuando el estudio da sus frutos...

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Cuando se acerca la época de parciales no queda otra que estudiar e intentar sobrevivir a esos cuatro que te cayeron todos juntos en una semana: el método para lograr aprobarlos a todos es internarse. Internarse en un espacio cómodo —preferentemente donde no haya una cama cerca— de cuatro paredes con los apuntes y libros encarnados al cuerpo.

O con tu gato aplastando el traste sobre el libro para que no estudies.

A veces te pones a pensar, "¿por qué estoy haciendo esto? Hace un año atrás estaba en mi viaje de egresados pasándola bomba y ahora estoy acá sufriendo con 5kgs de apuntes que esperan ser estudiados". Pensás en la opción de tirar todo a la mier*a pero te abstenés, sabés que estás estudiando sufriendo porque vos lo elegiste y así lo quisiste, nadie te mandó a que lo hicieras. Más bien, diría Marx, este sistema te obligó a que tomaras la decisión de estudiar sufrir.
Te acordás del cuatrimestre pasado y te preguntás cómo hiciste para estudiar tanto y sobrevivir. Después te das cuenta que la universidad produjo que comieras mucho chocolate y que por cada apunte nuevo te saliera un grano más y pum, el acné ataca y no le importa que ya tengas dieciocho años.

Ves que las agujas del reloj avanzan con rapidez, menos la cantidad de hojas leídas y ya te da sueño. Lees el título y ya bostezás; luego lees el primer párrafo y ya estás llorando de tanto bostezar. El tiempo avanza, menos vos; y en realidad te cansás más intentando estudiar que estudiando.
Hacés una pausa y te acordás de aquellos tiempos cuando veías a tu hermana mayor estudiando, yendo a la facultad y pareciendo grande, que ya querías ser como ella o mejor: crecer para vivir lo mismo que ella, para estudiar lo que te gusta y ser "independiente". Y ahoras enfrentás esta realidad de tener que leer una docena de capítulos sobre el pensamiento económico clásico y decís: "ah no, pero yo no me refería a esto, se supone que era más cool".

De repente te dieron ganas de hacer una maratón de sueño en la cama y te justificás con un "descanso para después poder estudiar mejor". Y en realidad te la pasás durmiendo.
Al otro día te juntás con tus compañeras de la facultad para estudiar —esto de estudiar en grupo no me funciona muy bien— y en un abrir y cerrar de ojos estás en el cine con ellas a punto de ver El Clan. Después te sentís culpable, pero mientras tanto disfrutás.

El momento de comenzar a organizarse para estudiar es un proceso de vueltas, indecisión y sufrimiento. Sufrís, pero te das cuenta de que después de tanto estudio tenés una idea realista y factible del mundo en el que vivís, y en donde estás parada; después de todo, la sociología, la economía y la psicología me enseñaron más que mis padres.


La "crisis intelectual"

Antes y después del estudio no solo me agarra estrés y cansancio, sino que me agarra una crisis —no a todos les pasa, pero yo soy un caso especial—. Podría llamarla una "crisis intelectual" que hace que me sienta vacía, inútil y poco inteligente.
A veces siento que no sé nada... sí, como dijo una vez Sócrates: "yo solo sé que no sé nada" y pienso exactamente lo mismo y es horrible. Mientras más estudio, menos inteligente me siento y no entiendo por qué; pero es una crisis que me viene agarrando antes y después de los parciales. Porque por más que me sepa todo, haya leído y estudiado la bibliografía completa, siento que no se nada. Y nunca voy a saber nada y siempre voy a sentirme insuficiente intelectualmente.

Los nervios antes, durante y después del parcial

Y están los nervios pre-parcial, esos dos o tres días antes en los que dormís pero no dormís porque pensás solo en estudiar-comer-dormir —el combo diario de un estudiante universitario— y que tendrías que estar organizándote mejor y que tenés que aprobar todos los parciales y evitar cometer los errores del cuatrimestre anterior.

Y están los nervios en el momento del parcial, esos segundos en el que te entregan la hoja con las cuatro preguntas a desarrollar y se te corta la respiración cuando las lees. Después lográs respirar y tratás de tranquilizarte, pero hay mucha tensión y querés escribir todo lo que sabés e irte lo más rápido posible a casa para llegar y dormir —y comer-dormir-comer-dormir—. DORMIR.
Cuando estás volviendo a casa en el bondi revisás mentalmente todo lo que escribiste en tu parcial y "ay no, me equivoqué en algo... nono, ojalá la profesora no se de cuenta". Y qué disparate desear eso cuando la profesora conoce los textos más que la palma de su mano.

Reflexión


Cuando empecé la universidad no tenía la más remota idea de lo que era ESTUDIAR, leer cientos de textos y aprender cosas de a montones en un lapso corto de tiempo. Me costó arrancar, me costó calentar el motor y largarme, me costó adaptarme al ritmo de estudio; me costó resumir 200 páginas en 7 hojas, me costó acostumbrarme a leer todos los días algo para las clases. Me costó aprender a ser universitaria y sí, sufrí un poco pero hoy puedo decir que logré resistir y adaptarme por completo. Hoy todas mis horas de estudio invertidas están dando frutos, porque se podría decir que aprobé los cuatro parciales —que tuve en una misma semana, todos seguidos (cosa que aprobarlos era una meta casi imposible)— con notas que yo no esperaba y por primera vez me siento a gusto con mi esfuerzo y conmigo misma como universitaria. Porque todo valió la pena y porque estoy en camino de terminar el CBC en unos meses.

Al principio cuesta, a algunos más que otros, pero se puede. La universidad es lo más hermoso y lo más horrible que me está pasando y creo que estoy amando esta etapa, porque estoy aprendiendo más que nunca y me siento realmente afortunada de poder estudiar, de poder formarme como comunicadora: lo que yo elegí. El estudio en la universidad es totalmente distinto al de la secundaria y lo digo en serio; este requiere de mucho esfuerzo y sacrificio de nuestra parte. Pero créanme, vale la pena. No sólo por la satisfacción de aprobar los parciales y las materias, sino porque el estudio te vuelve una persona cada vez más accesible a la comunidad y más abierta de mente: te cambia la forma de pensar, ves la cosas con más claridad y de repente ya podes analizar un discurso político sin copiarle los comentarios a tus abuelos. La universidad te hace pensar por vos mismo y esa es una virtud que muy pocos valoran.

La vida universitaria es un quilombo, pero es la mejor.
Viva todo.
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